Vivimos
rodeados de frases cristianas, prédicas virales y perfiles en redes con
versículos diarios. Pero entre tanta exposición, una pregunta incomoda y
necesaria resuena:
¿Estás viviendo lo que predicas?
El
capítulo 1 de la Primera Carta a Timoteo no solo confronta falsas enseñanzas,
sino que nos enfrenta al espejo de la coherencia: ¿lo que digo que
creo... realmente lo vivo?
Pablo, un testigo que vivía lo que predicaba
En 1
Timoteo 1:12–17, el apóstol Pablo no presume de su espiritualidad. Todo lo
contrario: recuerda su pasado como blasfemo y perseguidor. Pero también
reconoce algo glorioso: la gracia de Cristo lo transformó totalmente.
“Me
fortaleció… habiéndome sido fiel, poniéndome en el ministerio.”
(1 Timoteo 1:12)
Pablo no
era perfecto, pero sí coherente. No predicaba teorías: predicaba un
evangelio que lo había cambiado por dentro.
Himeneo y Alejandro: el caso opuesto
El
capítulo termina con dos nombres que nos advierten qué pasa cuando la
doctrina correcta no se acompaña de una vida limpia:
“Himeneo
y Alejandro… naufragaron en cuanto a la fe.”
(1 Timoteo 1:19–20)
¿El
problema? Descuidaron la buena conciencia. Predicar sin integridad no
solo destruye el testimonio… destruye la fe.
Ejemplos de quienes vivieron lo que predicaban
- Pablo: de perseguidor a
predicador (1 Timoteo 1:16)
- Timoteo: joven fiel en conducta y
doctrina (2 Timoteo 3:10)
- José: resistió el pecado en
secreto (Génesis 39)
- Daniel: oró con convicción, aunque
lo espiaban (Daniel 6)
Estos
hombres no eran solo oyentes o predicadores… eran ejemplos vivos.
Ejemplos de los que no vivieron lo que enseñaban
- Himeneo y Alejandro: naufragaron en la fe
- Ananías y Safira: fingieron santidad y
murieron por mentir (Hechos 5)
- Los fariseos: Jesús los denunció por
decir… y no hacer (Mateo 23)
- Que tu vida privada y tu
enseñanza pública coinciden.
- Que no usas la Biblia como
disfraz, sino como espejo.
- Que tu integridad pesa más
que tus palabras.
- Que puedes decir como Pablo:
“Imítenme
a mí, como yo imito a Cristo.” (1 Corintios 11:1)
Aplicaciones
prácticas
Hazte
estas preguntas sinceras:
- ¿Predico perdón, pero vivo
con resentimiento?
- ¿Hablo de fe, pero actúo en
miedo y ansiedad?
- ¿Llamo a santidad, pero
escondo pecado?
Recuerda
esto:
Tu autoridad no viene del micrófono, ni de tus títulos, sino de tu testimonio.
Conclusión:
que tu vida predique más fuerte que tus palabras
La
pregunta sigue de pie:
¿Estás viviendo lo que predicas… o solo repitiendo lo que oíste?
Hoy, más
que nunca, el mundo necesita creyentes que no solo hablen de la verdad, sino
que vivan la Verdad.
¿Y tú?
¿Dónde
necesitas alinearte con el mensaje que predicas?
¿Qué áreas de tu vida están desajustadas con tu fe?
¿Qué puedes hacer hoy para caminar con una conciencia limpia?
Déjalo en
los comentarios o compártelo con alguien que necesite esta reflexión.
Ante todo… vive la Verdad.

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