En
tiempos donde cualquier persona puede abrir una red social y enseñar “en el
nombre de Dios”, urge volver a una verdad olvidada: enseñar las Escrituras
no es un juego, es una responsabilidad sagrada.
El
apóstol Pablo lo dejó claro en su carta a Timoteo. En 1 Timoteo 1:3–11,
advierte sobre personas que enseñan doctrinas erróneas no necesariamente por
maldad, sino por ignorancia peligrosa. Su error no era solo lo que
decían, sino que ni siquiera entendían lo que decían.
“Queriendo
ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman.”
(1 Timoteo 1:7)
Y eso,
para Pablo, es contrario al glorioso evangelio (v.11).
Enseñar sin entender: una vieja advertencia, un
problema actual
Los
falsos maestros que Pablo confronta en Éfeso usaban la ley sin discernimiento.
Hablaban mucho, pero con poco fundamento. Querían parecer sabios, pero su
ignorancia los convertía en peligrosos.
Este tipo
de enseñanza no solo confunde, desvía.
Hoy no
estamos tan lejos de ese problema. Hay predicadores que citan textos fuera de
contexto, maestros que confunden palabras similares, e intérpretes bien
intencionados pero mal preparados. Y el resultado no es menor: la Verdad es
reemplazada por tradición, suposición o manipulación.
¿Ignorancia inocente o negligencia peligrosa?
Muchos
enseñan con pasión, pero sin preparación. Como dijo alguien:
“No es
suficiente tener fuego en el corazón, si tienes humo en la cabeza.”
Pablo no
solo advierte sobre los herejes que tuercen la Escritura a propósito (como en
Gálatas 1:6–9), sino también sobre quienes enseñan sin saber lo que enseñan.
Este tipo de error, aunque no tenga mala intención, sigue siendo dañino.
Ejemplos reales de errores comunes al enseñar la
Palabra
Para enseñar
bien, hay que manejar con precisión la gramática, el contexto y los
conceptos bíblicos. Aquí algunos errores frecuentes que pueden distorsionar
la verdad:
- Fingir = simular, aparentar lo que
no es.
- Fungir = ejercer un cargo o
función.
“Él finge
como pastor” → acusan de hipocresía.
Él funge como pastor” → informa que está cumpliendo un rol.
Un error
simple, pero con implicaciones graves para la reputación y la enseñanza.
2. "El amor al dinero es bueno" (malinterpretación
de 1 Timoteo 6:10)
El texto
dice: “Raíz de todos los males es el amor al dinero.”
Algunos
predican que si el dinero “viene de Dios”, entonces amarlo es bueno. Pero el
problema no es el dinero, sino el amor desordenado hacia él. Esta mala
interpretación ha nutrido el evangelio de la prosperidad.
3. "No juzguéis" (Mateo 7:1) mal usado
Muchos
citan este verso para evitar cualquier corrección doctrinal. Pero el contexto
muestra que Jesús no prohíbe juzgar, sino hacerlo sin hipocresía. De
hecho, en el mismo capítulo Jesús dice: “Por sus frutos los conoceréis”
(v.20).
4. "Dios no hace acepción de personas"
(Hechos 10:34)
Algunos
lo usan para negar que Dios tenga propósitos diferentes con cada persona. Pero
el texto se refiere a que Dios ofrece salvación sin discriminación de raza o
nación, no que todos reciben los mismos dones o llamados.
5. Romper la estructura del texto por falta de
gramática
A veces
se cambian los tiempos verbales o se ignoran las conjunciones. Por ejemplo, en
Romanos 8:1:
“Ahora,
pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…”
Algunos
lo interpretan como que nunca habrá juicio o corrección para los creyentes.
Pero el texto habla de la condenación eterna, no de la disciplina del
Padre, que sí aplica (Hebreos 12:6).
¿Cómo evitar caer en estos errores?
1. Formarse seriamente
No se
trata solo de orar, sino también de estudiar con humildad y profundidad.
“Procura
con diligencia presentarte a Dios aprobado… que usa bien la palabra de verdad.”
(2 Timoteo 2:15)
2.
Consultar a otros, no enseñar en aislamiento
Muchos
errores nacen del orgullo de querer interpretar solos lo que la iglesia ha
reflexionado durante siglos. Dios ha dado maestros, teólogos y recursos para
ayudarnos.
3. Amar la
verdad más que la popularidad
Enseñar
la Palabra no es para buscar aplausos, sino para ser fieles al evangelio
glorioso que se nos ha encomendado (1 Timoteo 1:11).
Conclusión:
enseñar es una mayordomía, no un derecho
El
evangelio es glorioso. Es el tesoro más precioso que hemos recibido. Pero ese
tesoro puede ser mal administrado si no somos responsables en cómo lo
transmitimos.
“A mí me
ha sido encomendado…”
dijo Pablo. No era dueño del mensaje. Solo un mensajero fiel.
Y tú,
¿estás enseñando lo que Dios dice… o lo que tú crees que Él dice?

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