🍤📉. Imagina ser el rey de la fiesta, el alma de la barbacoa, el orgullo de Ecuador, y de repente, te encuentras en una situación donde, a pesar de ser el número uno en las listas de éxitos mundiales de exportación de camarón, te sientes más como el último seleccionado en un partido de fútbol de barrio. Sí, señoras y señores, estamos hablando de una trama digna de una novela de suspenso económico: la paradoja del camarón ecuatoriano.
Aquí tienes a un país que no solo domina el mercado
global, desplazando a titanes como India y Tailandia en el arte de criar
camarones, sino que además ha logrado un impresionante aumento del 560% en su
producción en la última década. ¡560%! Eso es subir de nivel como si no hubiera
un mañana. Pero aquí viene el giro: a pesar de bailar en la cima del mundo, los
precios internacionales del camarón decidieron tirarse un clavado más
espectacular que el de los precios del petróleo en un mal día.
Oswin Crespo, el hombre que probablemente pensó que
estaría celebrando éxitos en lugar de lidiar con crisis, nos cuenta una
historia de cómo la pandemia del Covid-19, esa fiesta no invitada que nadie
quería, inició una cadena de eventos desafortunados que terminó con el precio
del camarón haciendo limbo bajo la barra de los 2,34 dólares por libra. Y no
olvidemos las contribuciones de la guerra en Europa del Este y la
sobreproducción, porque, al parecer, a más camarón, menos dinero.
Y ahí no termina la saga. Con los productores recibiendo
apenas suficiente para cubrir el ceviche de la cena de anoche, el drama se
complica con la falta de papeles para sus propiedades, lo que en el mundo de
los adultos significa "ni sueñes con conseguir un crédito".
La moraleja de esta historia parece ser: puedes ser el
campeón del mundo en lo que haces, pero si el precio de tu trofeo se desploma,
podrías terminar siendo el anfitrión de una muy costosa fiesta de camarones, a
la que solo un puñado de familias podrá seguir asistiendo. Esperemos que este capítulo
tenga una secuela donde el camarón ecuatoriano recupere su valor, porque,
honestamente, ¿quién no ama una buena historia de regreso triunfal? (VAY)
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