Tras la derrota de Luisa González y el avance de las investigaciones judiciales contra sus figuras clave, el movimiento Revolución Ciudadana (CR5) enfrenta el mayor desafío desde su fundación: reinventarse o extinguirse.
El movimiento Revolución Ciudadana, identificado en las últimas elecciones bajo la lista 5 (CR5), acaba de recibir una señal contundente del electorado ecuatoriano: la fidelidad ideológica tiene un límite, sobre todo cuando no hay renovación de liderazgos y el pasado judicial pesa más que las propuestas.
Aunque su candidata Luisa González alcanzó la segunda vuelta y obtuvo más del 47% de los votos, la derrota frente a Daniel Noboa expone una fractura interna y externa: la incapacidad del correísmo de reconectarse con una ciudadanía que ya no se moviliza por la nostalgia, y que asocia al expresidente Rafael Correa tanto con un período de estabilidad económica como con un aparato de corrupción institucionalizada.
CR5: un bastión menguante con estructura, pero sin narrativa nueva
El correísmo aún es fuerte territorialmente: controla alcaldías, prefecturas clave y posee una sólida maquinaria política. Pero su principal debilidad es estratégica. Su discurso gira en torno a un pasado glorificado y una defensa cerrada del expresidente Correa, hoy prófugo de la justicia con sentencia firme por cohecho en el caso Sobornos 2012-2016. Mientras sus adversarios ofrecen discursos hacia el futuro (aunque vagos), CR5 sigue mirando por el retrovisor.
La narrativa del “lawfare” —la supuesta persecución judicial con fines políticos— ha perdido eficacia fuera de su base dura. Y es precisamente ahí donde radica el problema: CR5 no ha logrado crecer ni captar nuevos votantes, especialmente entre los más jóvenes. Para una generación que no vivió el auge económico de los años dorados del petróleo, Correa no es un estadista, sino una figura controversial vinculada a escándalos y polarización.
Un entorno adverso: corrupción, juicios y pérdida de credibilidad
La percepción pública sobre Revolución Ciudadana se ve profundamente afectada por el prontuario de sus cuadros más visibles. Desde Jorge Glas —exvicepresidente condenado y recientemente reaprendido— hasta altos funcionarios procesados o prófugos, como Vinicio Alvarado y Alexis Mera, el partido carga con una mochila pesada. No es solo una batalla judicial: es una crisis de legitimidad.
El electorado ya no distingue entre la obra pública del pasado y las irregularidades denunciadas. El relato del “perseguido político” ha sido eficaz durante años, pero hoy choca con una ciudadanía harta de impunidad, que exige respuestas éticas más allá del victimismo político.
El rol de Rafael Correa: ¿líder eterno o figura en retirada?
Rafael Correa sigue siendo el eje del movimiento, su principal vocero y estratega desde Bélgica. Pero esa centralidad es también un problema. Su liderazgo omnipresente impide la emergencia de nuevas figuras con autonomía política. Luisa González, a pesar de su despliegue en campaña, fue percibida como una delegada más que como una opción propia. Sin la sombra de Correa, tal vez su perfil habría tenido mayor alcance.
El exmandatario enfrenta una encrucijada: seguir controlando el movimiento desde el exilio, o permitir un relevo que lo mantenga vigente en otras formas. Por ahora, su figura continúa polarizando. Para unos, sigue siendo el mejor presidente de la historia reciente; para otros, el rostro de una era de excesos autoritarios, persecución a la prensa y corrupción institucional.
¿Qué futuro tiene CR5?
Revolución Ciudadana tiene tres caminos posibles: radicalizarse en la oposición, diluirse en un espacio político cada vez más volátil o reinventarse con nuevos liderazgos y un discurso menos centrado en el pasado. El primero la mantendría viva, pero marginal. El segundo, la condenaría al olvido. El tercero es el más difícil, pero el único que podría darle viabilidad real a mediano plazo.
Mientras tanto, la ciudadanía observa con más distancia que pasión. El resultado de las últimas elecciones demuestra que el correísmo ya no es sinónimo de victoria asegurada. Su supervivencia dependerá de su capacidad de entender este mensaje y transformarlo en autocrítica, apertura y evolución. (O)


